domingo, abril 16, 2017

Todos los viejos se reían

Todos los viejos se reían , no podía entender porqué. No es que la casa de salud estuviera mal, pero vamos, que es un tiradero de viejos, a cual en peor estado y mayor abandono familiar, eso si, mucha enfermera y bastante limpitos y cuidados para cuando llegaban las visitas de fin de semana. 
Los niños correteando y jorobando, tirando algún bastón, berrinches, gritos, los hijos de los viejos con sus hijos, alguna cuarentona con buenas tetas, adolescentes demasiado crecidas para su edad y un largo etcétera.
Eso si, entresemana los habitantes de ese purgatorio pasaban sus horas mirando televisión, babeando, manteniendo charlas más o menos incoherentes, a veces con otros, otras consigo mismo o con terceros que solo ellos veían y escuchaban. 
Es martes de tarde, solo una empleada en el lugar cuidando de los veintipico de vejestorios que allí vivían. Mi abuela lee, es de las pocas que mantienen medianamente sus facultades de ser humano. Me paro enfrente, levanta la vista del libro y me sonríe, empezamos bien, aún me recuerda.
El silencio se apodera del sitio, todos los viejos se callan mientras charlamos mi abuela y yo. Miro alrededor y simulan que hacen otra cosa. Todos sonríen. Mi abuela me dice que es una conspiración, que hacen lo mismo siempre, que traman algo, que deben de ser judíos.
Yo intento decirle que si bien los judíos tienen un largo historial de conspiraciones a todo nivel, no creía que aquellos viejos formaran parte de la trama secreta que llevaría a una multitud de deshechos de la sociedad medio con alzheimer, medio sin alguna que otra facultad mental o física a conquistar el mundo, que con suerte podrían comer algún chocolate no recetado, o tocarle el culo a la empleada de treinta que parecía como de sesenta, pero nunca podían ser parte de una conspiración.
Mi abuela se desentendía, charlábamos un rato más, pero minutos después volvía con la teoría.
El tiempo parece detenerse en cuanto uno cruza el umbral de esos sitios, los celulares pierden su señal y se entra en el mundo de aquellos viejos, que nada tienen que hacer más que esperar la muerte, lenta, pasivamente, sin apuro. Las cortinas de las ventanas que dan al exterior están corridas, la tele pasa pura basura.

Le doy un beso a mi abuela, con la promesa de volver pronto, me voy alejando hacia la puerta, le pido a la empleada que me abra, me doy la vuelta para verla antes de salir, ella sigue allí sentada, divina, abriendo el libro en donde lo había dejado, veo al resto de los viejos mirándome, sus bocas desdentadas, miradas vacías, todos los viejos se reían en silencio, mientras la puerta se cierra tras de mi.


1 comentario:

monyquiya dijo...

Es muy cierto que asi transcuŕre el tiempo en lugares como esos.